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Después de luchar incansablemente por construir un futuro mejor, llegué a alcanzar el éxito tanto en mi vida profesional como en la personal. Me sentía como quien ha llegado a la cima de una montaña: disfrutando no solo del paisaje, sino también de la satisfacción de ver tantos sueños cumplidos. Pensé que lo había logrado todo.
Pero un día, de la nada, mi mundo se derrumbó.
Uno de mis hijos, siendo apenas un adolescente, intentó quitarse la vida. En un solo instante, todo aquello que había construido con tanto esfuerzo se hizo pedazos y mi existencia cambió para siempre.
Fue entonces cuando descubrí que él y mis otros dos hijos habían sido víctimas de abuso sexual durante su infancia. Vivieron durante años bajo el miedo y las amenazas de quien les hizo creer que, si hablaban, serían asesinados. Lo más doloroso fue descubrir que la persona responsable pertenecía a nuestra propia familia.
No existen palabras para describir lo que siente un padre cuando descubre algo así.
Mi primera reacción fue buscar al responsable. Quería detenerlo para asegurarme de que jamás pudiera destruir la vida de otro niño. La rabia, la impotencia y el deseo de justicia consumen cada pensamiento.
Lloras. Gritas. Te culpas. Culpas al mundo. Sientes que el corazón deja de latir y solo queda una pregunta que se repite una y otra vez:
¿Por qué?
¿Por qué mis hijos?
¿Qué hice mal?
La respuesta nunca llegó.
Solo hubo silencio.
Un silencio acompañado de lágrimas que parecían no tener fin.
Comprendí que la inocencia de mis hijos había sido robada para siempre y que, aunque el tiempo ayuda a sanar muchas heridas, hay cicatrices que permanecen toda la vida.
Busqué justicia. Acudí a quienes pensé que me apoyarían. Esperaba comprensión, protección y solidaridad.
Encontré rechazo.
Fui desacreditado, amenazado, agredido y muchas puertas se cerraron frente a mí. El dolor de sentir que quienes podían ayudar eligieron mirar hacia otro lado fue casi tan profundo como el abuso mismo.
Fue entonces cuando tomé una decisión que cambió nuevamente el rumbo de mi vida.
Decidí transformar mi dolor en propósito.
Me prometí que, mientras tuviera fuerzas, haría todo lo posible para proteger a otros niños y para que menos familias tengan que vivir la pesadilla que la mía vivió.
Vendí prácticamente todo lo que tenía y dediqué esos recursos a crear esta fundación, convencido de que el sufrimiento solo adquiere sentido cuando se convierte en esperanza para otros.
Es imposible expresar con palabras todo lo que aún llevo dentro. Mi corazón continúa procesando una historia que jamás imaginé vivir.
Con el paso de los años, mis hijos han demostrado una fortaleza admirable. Han logrado reconstruir gran parte de sus vidas y las secuelas visibles son mucho menores de lo que alguna vez temí. Sin embargo, hay heridas invisibles que aparecen de vez en cuando. Todavía puedo ver en sus ojos la tristeza, la impotencia y, en ocasiones, la rabia que deja una injusticia que nunca parece repararse por completo.
Sé que no somos la única familia que ha vivido este infierno.
Millones de personas cargan historias parecidas en silencio.
Pero también he descubierto que existen seres humanos extraordinarios: personas con un corazón inmenso, comprometidas con la verdad, la justicia, la protección de los niños y el apoyo a las víctimas. Gracias a ellas he recuperado parte de la esperanza.
Mi fe también ha sido un refugio.
Todo lo bueno que ha llegado a mi vida ha sido un regalo de un Dios lleno de gracia y misericordia. Confío en que la justicia, de una manera u otra, siempre termina alcanzando a quienes hacen el mal, aunque a veces tarde más de lo que nuestro corazón quisiera.
Por eso no pienso rendirme.
Cada día renuevo mi compromiso de seguir luchando, de seguir levantando la voz por quienes aún no pueden hacerlo y de trabajar para que un solo niño menos tenga que vivir el horror del abuso.
Ese es el propósito que hoy guía mi vida.
Amo profundamente mi vida, pero amo aún más la vida, la dignidad y el bienestar de mi familia. Y mientras Dios me conceda fuerzas, seguiré haciendo todo lo que esté a mi alcance para proteger la infancia, apoyar a las víctimas y recordarles que nunca están solas.
Porque rendirse nunca será una opción.
¡Únete nuestro movimiento!
¡Tu ayuda es importante!
¡El abuso sexual es un
problema de todos!




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